Montañas de colores ridículos,
arroyos de santidad no dogmática,
un cuartico de azucenas marineras y
un corazón tejido de trocitos y ratos,
ratos bienvenidos, ratos forzados,
ratos de ratos.
Una trinchera de luceros, que brilla cada noche
en el cielo al que esbocé,
tras saltos en paracaídas
sin razones ni leyes físicas.
Y me marché dejando atrás
caminitos de pintura,
buscando amor,
oliendo esquinas,
bailando sobre dolor,
durmiendo en despedidas.
Mientras, afuera, figuras de agua
desaparecían encerradas en peceras.
Inhalé, arranqué sudores
y seguí buscando,
no importa a quién o qué.
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